La fotografía expuesta forma parte de la que hoy es una serie de treinta y cinco imágenes: El Río. Comenzada de forma casual al hacer un retrato de un adolescente frente al río Mendoza, un atardecer de 1990. Al imprimir más tarde la foto se me reveló como una evidencia la antigua y profunda relación entre los seres humanos y el río: el fluir del río como metáfora del paso incesante de la vida.
A partir de ese momento, cada tanto y durante poco más de diez años, fui llevando al mismo sitio, a gente que importaba en mi vida, por razones diversas (en particular afectivas) para hacerles un retrato. Siempre al atardecer porque la correspondencia entre la luz declinante, que espesa las sombras y el halo de intimidad, dramática a veces, de los fotografiados, también era una evidencia.
De esa manera se constituyó un suerte de archivo visual de mi vida afectiva.
Próximamente editaré con el nombre de El Río, un libro que reúne estas fotografías.


