La casa de Bandi se convirtió en mi estudio. A partir de 1998, lo recorrí durante años con una cámara analógica de formato medio, un lente normal y un trípode. (…) Inicié un extenso proceso fotográfico inspirado y creado en respuesta a sus fotografías, al mismo tiempo que él realizaba las últimas imágenes que constituirían su archivo, mi materia.
El tiempo compartido hizo que asimilara aquel archivo. Primero, al intentar rescatarlo y hacerlo visible. Después, al refotografiarlo y reinterpretarlo. Seleccioné las imágenes que me habían cautivado, las que tenían luz propia y cierta fascinación pictórica.
Las imágenes que aquí presento pertenecen a la última serie que hice sobre este trabajo. Cartones que Bandi me pasó alguno de esos días en su laboratorio mientras ordenaba y con la intención de que los tirara. Le pedí que me los regalara y los guardé. Eran hermosos por los gestos que formaban las manchas de goma y restos de papel fotográfico sobre aquel soporte. Otros, casi lisos, tenían un rectángulo perfecto de luz que indicaba que allí hubo una fotografía y que, ahora, su firma y fecha eran lo único conservado.
¿Cómo no señalarlo? Si eran objetos que al ser fotografiados podían ser como muros donde poder mirarse a uno mismo. Donde yo solo veía belleza y preocupaciones personales como el informalismo o la abstracción geométrica. Donde el amor por el silencio que compartíamos se hacía presente.
Años más tarde, fotografié más y luego más. Me sumergí en la introspección, sin perder de vista a Bandi Binder. Como si estuviera viendo algo por primera vez aunque sabía de dónde venía y aunque pudiera ser un resto arqueológico.


